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Modismos del lenguaje

Modismos del lenguaje

Por: Ricardo Cadavid


Me impresiona esta generación de coaching y gurús de la nueva era, que irrumpen en el lenguaje poniendo de moda una serie de palabrejas rebuscadísimas y por demás, horribles. El lenguaje no es solo por semántica sino, también, por fonética; las palabras deben sonar hermosas, ser armónicas, melodiosas. Lo paradójico es que esa armonía de las palabras se le conoce como “cacofonía”, y no hay nada menos cacofónico que la palabra “cacofonía”. Son esos misterios de la vida, como el hecho de que la palabra tilde, no lleve tilde. 

Una de las palabras hoy de moda y bien maluca es “resiliente”. La han vuelto tan popular los amantes del yoga en cinco minutos y de los audiolibros superfluos, que ahora cualquier coaching de a centavo te recomienda ser “resiliente”. Para empezar, esa palabra no existía antes de los años ochenta y es un tecnicismo de la psicología. Eso es como tomar prestada una palabra de la medicina y usarla de forma cotidiana; que la gente ande por ahí diciendo: “oye, eres muy  carcinomatoso”, para significar que alguien insoportable. Nada de eso, si la persona es insoportable, pedimos prestado a la medicina el nombre de una popular enfermedad venérea, y listo, sin tantos artificios… pero ¿resiliente? Me resulta absolutamente artificial, habiendo palabras de uso más cotidiano para explicar el término, como adaptabilidad, resistencia, autoconfianza, autoeficacia, en fin; un sinnúmero de sustantivos que sí son de uso común y no darían lugar a confusiones. Que falta de resiliencia.

Otra palabra rebuscadísima y que han puesto de moda los colectivos feministas es sororidad, para hablar de la hermandad solidaria entre mujeres.  Que palabra tan fea. En 1921 fue acuñada por Miguel de Unamuno en el prólogo de “La tía Tula”, lo que de entrada es un aporte del patriarcado para estas nuevas olas del feminismo anti patriarcal. Se supone que, asi como fraterno deriva de “frater” (“hermano”) pues sororidad deriva de “sor” (“hermana”). Resulta paradójico que algunas corrientes del feminismos, siendo tan anticlericales, hayan adoptado una palabra como sororidad, cuya raíz latina primigenia solo sobrevive en los conventos, que es el único lugar del mundo donde una hermana, es una “sor”.

Yo creo que sororidad suena más a una erupción cutánea, como la psoriasis. Uno debería decir: “doctor, me salió una pequeña sororidad debajo de la axila”, algo asi como un salpullido, como una afección cutánea bastante irritante. Incluso, la palabra “sororidad”  se me antoja más cercana a soroche  que a “hermana”, o podríamos pensar que un colectivo de hermanas sororásticas, se parece  más bien a una grupo de adoratrices de  Zoroastro. En fin, esa palabra no suena bien.  

Ahora que, si hablamos de salpullidos e infecciones, la palabra “disruptivo” se lleva el premio. Todos los chicos en la academia quieren ser “disruptivos”. Parece que no les basta con palabras comunes como “innovador”, “trasformador” o la muy setentera expresión “revolucionario”. Nada de eso, los chicos de hoy prefieren usar “disruptivo”, una palabra que, de entrada, pareciera referir una infección cutánea, una especie de nuche purulento o un problema óseo: uno iría de consulta al galeno, porque le salió un “disruptivo” en la ingle o tuvo una “disrupción de cadera”. Una disrupción es como un primo hermano del “crepúsculo” que es otro tipo de nuche, pero ubicado abajito de la columna.

Hay otras palabras como tóxico o como romantizar que se han puesto de moda en esta época; tampoco es que sean muchas, porque las habilidades lingüísticas de esta generación son bastante limitadas, pero culminemos con otra palabra terrible: “procrastinar”. ¡Que palabra tan fea! Como si “aplazar”, “posponer”, “postergar”, “dilatar”, no fueran palabras apropiadas. Nada de eso, los chicos quieren usar “procrastinar”, una palabra que se me antoja más emparentada con una base nitrogenada. En biología uno diría que el ADN tiene adenina, guanina, citocina y procrastina. Incluso suena a proteína; asi tendríamos la leucina, la elastina y la procrastina.  Podría ser el nombre de alguna tía centenaria, cuyo apelativo esta a punto de desaparecer: doña Procrastina Rodríguez. 

Creo sinceramente que esa palabra tendría un uso más natural como trabalenguas:  El rey procrastinador nos desprocrastinará, quien lo desprocrastine buen desproscratinador será.

 

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